Uno


Lo teníamos todo para ser uno,
ser uno respirando a un compás,
ser uno más allá del tiempo,
ser uno consigo mismo y nadie más.


Sonrisa que ilumina,
sonrisa que falta,
sonrisa que ya no está.


Y somos ese uno fragmentado en dos,
esos dos forasteros viviendo sin prisa,
esos dos abrazando con fuerza al otoño
esos dos viviendo a destiempo y sin ton.


Sonrisa ausente,
sonrisa frágil,
sonrisa que se extraña.


Y en el sueño utópico seguimos siendo uno,
uno fuerte, uno sabio, uno alegre,
uno como un niño que espera el mañana,
sin titubeos y sin miedos.


Sonrisa sin color,
sonrisa que se apaga,
su sonrisa que ya no es mía.

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Vernos desde otros ojos


Mientras ordenaba y eliminaba unos correos electrónicos, caí en cuenta en la cantidad de veces en las que he recibido elogios de terceros ya sea por mi desempeño laboral o personal. No me sorprende haberlos recibido y no peco de egocéntrica, sin embargo me sorprendí al leerlos porque de vez en cuando se me olvida aquello que los demás reconocen en mí.


Desde pequeña tenía problemas para asimilar elogios porque no me gustaba llamar la atención del resto, prefería mantener un perfil bajo. El recibir palabras de elogio me incomodaban mucho, era complicado reconocerme como esa persona elogiada.


Ahora que soy adulta y cuento con suficiente madurez, puedo decirles que esa actitud mía de no sentirme merecedora de elogios solo reflejaba la fragilidad de mi autoestima. Pienso que el poder construir mi autoestima y reconocerme como una persona merecedora, con virtudes y consciente de su falibilidad me ha ayudado a verme de una manera más benevolente.


Y al leer las palabras de terceros me sentí feliz. Feliz de poder verme desde ojos ajenos a los míos, porque yo suelo ser muy autocrítica y a veces esa autocrítica está llena de severidad. Bonito son los elogios cuando son sinceros y no van maquillando falsas adulaciones; en especial son bonitos esos elogios que nos recuerdan que somos capaces de cosas grandes.


Hoy tengo claro que soy capaz de cambiar el mundo, al menos el mío. Sonrío mientras tipeo estas palabras, porque era justo lo que necesitaba, una razón para sentarme a escribir. Necesitaba sentirme capaz de poder volver a escribir con el corazón henchido de esperanzas en el porvernir.


Alguien me decía que cuando atravesamos etapas de desesperanza, cuando sentimos que no podemos avanzar, es necesario vernos reflejados en los demás. Eso nos ayuda a ser concientes de nuestra importancia y recordar que vinimos a este mundo para la grandeza. Fervientemente pienso que somos energía y por lo tanto somos luz. Y como luz tenemos la obligación de iluminar el camino. ¡Qué bonito es vernos desde otros ojos y despertar para brillar!.

Hoy


Han pasado algunas semanas y siento que mi creatividad está en un cero por ciento, siento que no tengo ánimo para escribir y ni siquiera tengo ánimo para cumplir mi propósito de publicar una entrada al mes en mi blog. Un día de repente me di cuenta de que no tengo nada que decir en letras, no tengo la imperiosa necesidad de al menos bosquejar alguna idea en papel y aunque eso no me quite el sueño, es algo que me preocupa.


Hoy después de tantas vueltas me he sentado frente al computador y he empezado a plasmar mis ideas y mientras continúo con este escrito, me doy cuenta de que estoy triste. Me siento triste y no es una tristeza de dolor o una tristeza de desesperanza, es la tristeza esa sutil silenciosa que se deja ver cuando el ruido a mi alrededor se apaga.


Jueves nublado y veo que mi querida amiga tristeza está nuevamente golpeando mis días. Como me lo dijo alguien muy querido, la tristeza es como una enfermedad estacional que va y viene, que de cuando en cuando me visita y me recuerda que no se puede ser feliz «siempre».


Tengo muchas razones para sentirme dichosa, de hecho estoy en una etapa de mi vida donde la madurez me permite ver con un mejor enfoque las experiencias diarias. Estoy con salud viviendo mis 32 primaveras; sin embargo, parece ser que la vida es esto. Un ir y venir de energía transformándose en sentimientos y por ahora la tristeza está atravesando mi cuerpo.


Siento que quiero dejar todos mis cronogramas, horarios y planes. Siento que quiero viajar pero al mismo tiempo el solo hecho de tener que coordinar itinerarios me causa desánimo y prefiero quedarme estancada donde estoy. No sé si este sentir pasará en unas horas, mañana o la siguiente semana. No tengo certeza de cuando empezaré a tomar las riendas que he soltado por algunas semanas, solo tengo este ahora de desgano. Tengo un tiempo que se me va en simple observación sin acción, pero no me quejo.


Hoy estoy triste y no por eso quiere decir que el llanto me envuelve, hoy estoy triste y no significa que me rindo, hoy estoy triste y quiero vivir este sentimiento como se toma «a pepo» el tequila; de un sorbo y hasta el fondo porque una vez que la copa se vacía no hay más tristeza por beber.

Memorias – miedo


El día ansiado ha llegado, se apresura a tomar las maletas y se dirige al aeropuerto. Tiene claro a donde va pero no sabe que es lo que encontrará. Tan solo son diez días, diez días después de dos años sin darse un tiempo para ella. Un tiempo necesario para dejar su mente en blanco para ordenar sus ideas o para simplemente dejar su rutina, esa que la ha transformado en una sombra de ella misma.


Cuando menos lo espera está embarcada y se ve en su asiento junto a la ventana, va sola pues no hay más pasajeros junto a ella. Ahora esto va en serio, dejó de ser una idea para convertirse en un hecho. Ella está camino al sur porque necesita salir de su nido, se va sola porque este es un viaje de descubrimiento, se pone a prueba ¿podrá soportar estar sola tan lejos de todo lo que conoce?


El viaje dura aproximadamente cinco horas lleva con ella sus dudas, sus temores y se repite “lo hecho, hecho está”, ahora solo toca continuar.


Por la ventanilla mira como se aleja su ciudad y esta se vuelve diminuta. Allí queda su vida y empieza a imaginar como se sentiría saber que en mucho tiempo no podrá volver a esa ciudad que le dio todo. Guayaquil viene a ser ella misma, caótica ruidosa compleja y simple. Pero aleja el drama, este no es su caso; ella volverá porque esto es solo una pausa. Y las pausas son necesarias para tomar impulso y llenarse de nuevas ideas, las pausas ayudan a recomenzar.


Las horas se esfuman mira el monitor que indica que están sobre el desierto y en una hora más empieza a divisar la cordillera, a lo lejos se puede notar algo de nieve en ella. Según el pronóstico del clima será un día fresco porque ya están a mediados de otoño.


El avión aterriza, los pasajeros bajan y pasan migración. Ella toma sus maletas para abandonar el aeropuerto y recién ahí es consciente que está tan lejos de casa y completamente sola. Con algo de recelo negocia una carrera al centro y para sus adentro se repite que la ciudad es segura, al menos es lo que se lee en los diferentes sitios de turismo.


El taxi sale del aeropuerto toma la carretera y emprende la marcha. La cordillera le saluda y piensa en todo lo que quiere hacer en estos diez días. El conductor entabla una pequeña charla al preguntarle la razón de su visita, ella le comenta que está por vacaciones. Santiago se divisa a lo lejos lúgubre con el habitual smog del que todos hablan. Pasan los minutos y ella se ve ahí en uno de los tantos sueños que ha tenido. En la intersección de unas imponentes avenidas reconoce el edificio verde, es igual a la imagen que estaba en la web de alojamientos.


Su taxi se detiene, es momento de bajar. Entra a la recepción y pregunta por Paz, la joven dueña del departamento donde se hospedará. Le indican que en efecto la espera. Debe subir al piso ocho. Toca la puerta algo nerviosa, mientras se pregunta si esto no habrá sido una locura si no era mejor hospedarse en un hotel, pero el objetivo de este viaje no es la comodidad. Se repite “esto es una aventura” y toda aventura debe tener algo de riesgo para que sea algo inolvidable.


Tras la puerta asoman dos rostros amables que curiosamente la saludan y empiezan a preguntarle como está y si necesita algo adicional, Paz le ofrece un té y le da una serie de recomendaciones de la ciudad.


Ya en la habitación ella se convence de que no fue mala idea dejar el nido por unos días e irse lejos donde no conoce a nadie. Ella quería distancia de todo lo conocido, esperando que esa distancia le ayude a hallar respuestas. Quería distancia para pensar en ella y su aventura de sobrevivir diez días en una tierra extraña.

Miradas


Entre la charla amena, giro mi cabeza hacia ninguna dirección y mis ojos topan con los de él. Lo pillo mirándome, mejor dicho examinando en mí, algo que desconozco; baja su mirada y me quedo con la sensación de haber sido asaltada por un extraño, ese extraño que aprovechó un descuido y se coló en mi mundo para tratar de ver que hay en él.


No sé su nombre, no sé a que se dedica, solo lo veo ir y venir; cruzamos los buenos días o compartimos un espacio de tres por tres en busca de un café.


Tarde lluviosa camino hacia el parque, reconozco una voz que asocio a una mirada profunda. Cuando caigo en cuenta esa voz proviene del dueño de unos ojos negros. Está ahí a diez metros de mí, no mira hacia mí sin embargo puedo sentir sus ojos atentos a mis movimientos.


Los días transcurren entre uno y otro encuentro efímero con aquel intruso, su corta compañía alegra mi ego y mi sola presencia sacia su curiosidad. ¿Llegará el momento en que ésos ojos hablen?