Esta voz


Meses y días perdidos. He aquí frente al computador esperando una ráfaga de iluminación, una sola certeza que me despabile de esta enfermedad atroz que es el desgano. He aquí sin planes, sin prisas, sin rumbo, caminando en círculos, escondiéndome tras una evasión para pensar en mi yo futuro.


¿Qué resulta ser importante?
¿La familia, el trabajo, la rutina, el futuro, el yo, el tú?


Estoy vagando por senderos que temo recorrer, empiezo a caminar pero a los pocos pasos el terror me invita a darme vuelta y alejarme de mi gran verdad.


Vivo escondida tras mi reclusión, vivo tras mis notas que publico en una página web que casi nadie visita. ¿Y qué sentido tiene escribir, si nadie se interesa en leerte? ¿Para qué exponer ideas si no hay quien las pueda rebatir?
No hay sentido en esta vocación sin respuesta. Un talento que viene y va, que se esconde tras un pseudónimo para evitar las piedras que la crítica puede lanzar.


Al final de todo no tengo mucho que decir, solo ideas poco claras de una voz que nunca ha pronunciado palabra alguna. Una voz que se niega a despertar. Una voz que nunca he oído, pero que sé que existe.


Y estos lamentos míos son verdades que no suelo admitir frente a muchos. Porque si hay algo que termino detestando, es la debilidad, y mucho menos si es la mía. Y no es porque piense que debo ser fuerte, es que en mi mundo no hay tiempo para lamentos. En mi mundo interno hay fuego, que empieza a propagarse y espera causar un cataclismo que mueva lo ya conocido.


Es que está voz está, pero no sabe cómo salir. Está voz muda se rehusa a hablar, está voz se me apaga cuando la invoco a ser partícipe. Mi voz que es mía, que nadie ha oído, está voz me rehuye y eso me termina agotando, me paraliza, me hace esconderme en excusas vanas.


Frente a este computador no sale una sola idea, no se forja ni una sola historia y eso me frustra totalmente.

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Pasos

Pasos marcando el camino, pasos que acercan y alejan, pasos grandes, pasos cortos, pasos de caminante, pasos de corredor, pasos de transhumante. La noche le recuerda una vida que le es ajena, una vida donde el tiempo sobraba, donde el tiempo no corría, donde correr … Continúa leyendo Pasos

Zombi

Y muchas lunas después el corazón aún palpita, el pulso es señal de vida.


No sé si estoy soñando o si estoy viviendo porque una parte de mí está en ausencia permanente. Me siento en una película con trama enmarañada, caminando por la senda de los silencios, sin un fin. Esa persona que un día fue, hoy es simplemente un espectro vagando alrededor de sus recuerdos, buscando una razón que le vuelva a la vida.


He vuelto a abrazar la soledad como fiel compañera, ella y yo nos fundimos en una vivencia de amor-odio que me permite conocer, mejor dicho reconocer una parte de mí que había perdido con los años. Llevo un horario de soledad pensando y dejando que los minutos se llenen de acciones no tan trascendentales, dejando que sea el “destino” quien mueva los hilos de mi vivir.


Miro mi cara en el espejo, no hay tristeza ni alegría. Hay un rostro descansado, de mirada dudosa. Hay una mujer que ya no lucha por conciliar el sueño, una mujer que duerme y sueña aunque la mayoría de sus sueños no los pueda recordar. Esa mujer sin un plan trata de llevar el viaje con resignación.


Me pregunto si esta “resignación” es normal en mí o es resultado de tantas tormentas que agotaron mis ganas. Tal vez soy un zombi, no he muerto pero tampoco sigo viva. Voy por ir y quienes me ven caminando creen que sigo siendo yo, pero hay algo en mí que ya no existe.

A mis 33


Desde pequeña me ha gustado enfrentarme a lo desconocido aunque aquello me llene de temor hasta los huesos. Me ha gustado ir contracorriente siguiendo el ritmo de mis propias decisiones. Me ha gustado ser la esencia, ser yo y no tener que enmarcarme para cumplir el rol de un estereotipo.


A los 33 aún existen monstruos, a los 33 también se es débil; quizá la única diferencia con la niñez es que a los 33 se dan saltos por curiosidad y voluntad propia.


Mientras me sobrepongo a una pequeña crisis de ansiedad, me repito a manera de mantra: “sigue tu intuición, tú eres el único capitán de este barco”.


Y los minutos danzan frente a mis ojos. Esos minutos de incertidumbre marcan un sonido temeroso. En el fondo el fracaso como un eco ronda mi cabeza. Pero me lleno de valor para repetirme, que es este el mejor momento para cambiar el rumbo.


Y puede ser que a mis 33, aún no haya logrado encajar en el estereotipo que la sociedad me impone. Quizá nunca llegue a ser parte de ese molde pero creo firmemente que vivo siendo yo misma con mis errores, desaciertos y malas decisiones.


Soy la eterna aspirante a escritora que busca encenderse, que busca arder hasta convertirse en esa luz que permita alumbrar el camino.


Esta noche me repito que seré aquella mujer que quiero ser, aquella mujer que no cede a presiones ni opiniones. Seré mi esencia aunque me cueste.


A mis 33 huir no es opción, a mis 33 debo “ser valiente aunque no pretenda serlo”.

Uno


Lo teníamos todo para ser uno,
ser uno respirando a un compás,
ser uno más allá del tiempo,
ser uno consigo mismo y nadie más.


Sonrisa que ilumina,
sonrisa que falta,
sonrisa que ya no está.


Y somos ese uno fragmentado en dos,
esos dos forasteros viviendo sin prisa,
esos dos abrazando con fuerza al otoño
esos dos viviendo a destiempo y sin ton.


Sonrisa ausente,
sonrisa frágil,
sonrisa que se extraña.


Y en el sueño utópico seguimos siendo uno,
uno fuerte, uno sabio, uno alegre,
uno como un niño que espera el mañana,
sin titubeos y sin miedos.


Sonrisa sin color,
sonrisa que se apaga,
su sonrisa que ya no es mía.

Vernos desde otros ojos


Mientras ordenaba y eliminaba unos correos electrónicos, caí en cuenta en la cantidad de veces en las que he recibido elogios de terceros ya sea por mi desempeño laboral o personal. No me sorprende haberlos recibido y no peco de egocéntrica, sin embargo me sorprendí al leerlos porque de vez en cuando se me olvida aquello que los demás reconocen en mí.


Desde pequeña tenía problemas para asimilar elogios porque no me gustaba llamar la atención del resto, prefería mantener un perfil bajo. El recibir palabras de elogio me incomodaban mucho, era complicado reconocerme como esa persona elogiada.


Ahora que soy adulta y cuento con suficiente madurez, puedo decirles que esa actitud mía de no sentirme merecedora de elogios solo reflejaba la fragilidad de mi autoestima. Pienso que el poder construir mi autoestima y reconocerme como una persona merecedora, con virtudes y consciente de su falibilidad me ha ayudado a verme de una manera más benevolente.


Y al leer las palabras de terceros me sentí feliz. Feliz de poder verme desde ojos ajenos a los míos, porque yo suelo ser muy autocrítica y a veces esa autocrítica está llena de severidad. Bonito son los elogios cuando son sinceros y no van maquillando falsas adulaciones; en especial son bonitos esos elogios que nos recuerdan que somos capaces de cosas grandes.


Hoy tengo claro que soy capaz de cambiar el mundo, al menos el mío. Sonrío mientras tipeo estas palabras, porque era justo lo que necesitaba, una razón para sentarme a escribir. Necesitaba sentirme capaz de poder volver a escribir con el corazón henchido de esperanzas en el porvernir.


Alguien me decía que cuando atravesamos etapas de desesperanza, cuando sentimos que no podemos avanzar, es necesario vernos reflejados en los demás. Eso nos ayuda a ser concientes de nuestra importancia y recordar que vinimos a este mundo para la grandeza. Fervientemente pienso que somos energía y por lo tanto somos luz. Y como luz tenemos la obligación de iluminar el camino. ¡Qué bonito es vernos desde otros ojos y despertar para brillar!.